|
Su
profesión: Periodista, Su pasión: La Poesía.

Rubén Darío, Emperador...

Manolo Cuadra (*1907-+1957) |
|
|
Cambie el tamaño de la letra |
| - A A A + |
| | | |
|
Por Manolo Cuadra
El título no
deja de resultar equívoco en esta hora radical de democracia. Hermoso
encabezamiento para jugar a la literatura buscando en la lírica rubendariana
las expresiones tan abundantes, en que afirmaba sus nostalgias por los “tiempones”
ahora declinantes del señorío. Desde el “olímpico cisne” al que también
llamaba “alado aristócrata”, hasta la profesión de fe nobiliaria en que él
mismo, con un narcisismo sospechoso si no fuera ingenuo, y morbo-so si no
fuera encantador, nos habla de sus manos andróginas que “él creía de marqués
en sus snobismos de plebeyo”, como dijo sarcástica-mente uno de sus
biógrafos. También, en su obra, abundan princesas y marquesitas que rinden
sus cris-tales a bizcondes hiperbóreos y florecidos abates. No sobraría,
como prueba final de sus tendencias de arribistas, aquella su generosa
donación al Primer Demócrata de la literatura mundial. Dijo una vez: Si
hay poesía en nuestra América está en las ruinas de Palenque y Utatlán, en
el Inca sensual y fino y en el gran Moctezuma de la silla de oro. Lo demás
es tuyo, demócrata Walt Whitman.
Pero aquí no me propongo estudiar a
Rubén Darío como posible secuaz de ésta o aquella doctrina política. En
siglos no acabaría de discriminar cuándo fue sincero. Si impugnando al
primer Roosevelt en su famosa “Oda”, o cuando se desmanejaba de emoción ¡el
muy quintacolumnista!, en palaciegas visitas a Su Majestad Alfonso de
Borbón. Algún día escribió sonetos explosivos, con el verso final semejando
una lanza hacia arriba, en cuya punta gallardeaba, con sus caireles al
viento y como rosa de púrpura, la cabecita adorable de la Princesa Lamballe;
pero al otro día, como un Verlaine de la política, galante y tomadizo,
adulaba al Rey Oscar con estos pareados de gran clase: ...Nos llega la
paloma de plata de Suecia o de Noruega. No es, pues, mi objeto, revelar
la influencia que sobre el autor de Azul... hubieran podido ejercer reyes
y presidentes. Lo contrario. Quiero analizar la influencia que Rubén
ejerce en el pueblo de manera espontánea, acaso irresponsable, median-te
trozos de sus poemas que, hábilmente ordenados, puedan formar todo un
tratado de moral para uso personal o colectivo, según el caso. Desde este
punto de vista, queda explicado el título de mi artículo y un poco más:
Rubén Darío, Emperador... de la frase hecha. Aquí una aclaración necesaria:
Darío no repetía las frases hechas por otros. Era demasiado orgulloso, lo
suficientemente pulcro, inconmensurable-mente rico y original. Acaso, ha
dicho Eduardo de Ory, fue el escritor de más abundante léxico, en su época.
Él hacía frases para los otros. Frases que vivimos usándolas para explicar,
a veces nuestra moral particular, un punto de vista, una reacción muscular,
el impulso subconsciente, rezago acaso de los remotos períodos glaciales.
Importa poco que conociera o no a Freud. Analizándolo, Rubén Darío resulta
anterior y posterior al gran divulgador del psicoanálisis. ¿Cuáles son pues,
esas intromisiones de Darío en nuestra esfera vital? ¿Cómo su poesía,
eminentemente personal, general-mente especulativa, ha podido, sin dejar de
ser poesía servimos de lazarillo en las obscuras situaciones de nuestra
vida? Observo que es en el pueblo donde se recurre con más frecuencia a
este filósofo inesperado, de gran agarre popular, pese a su incontrolable
furor uterino por las aristocracias. En las zonas bananeras del pacífico,
obtuve la primera prueba de la utilidad práctica que encierra la poesía del
Emperador de la frase hecha. Éramos barreteros, y nos ocupábamos en derribar
monumentales acantilados que obstaculizaban el trazo del futuro puerto.
Trabajábamos amarrados a la cintura por largos cables anudados a las
salientes del farallón. Los hombres, escalonados en vertical, levantaban los
picos, hendiéndolos en la roca, con letal monotonía. Era una labor
escalofriante. Por toda protección contra los frecuentes
desprendimientos, se nos daba, para la cabeza, un casco, mezcla de baquelita
y otros ingre-dientes sintéticos. Por supuesto, aquello rendiría buen
resultado, como un biombo chino contra torpe-dos. Sobre ello, mientras
sentíamos la atracción del infinito pozo oceánico, trabajabamos sobre un
vacío de 59 metros, nos hacíamos las bromas más desagradables. ¡A cualquier
hora podía desgajarse un pedruzco!
Sucedió eso precisamente. Alguien
había dado un barretazo indiscreto. Una tonelada de piedra, negra como la
muerte, dejó su alvéolo ro-calloso y vino hacia abajo, rodando contra
nosotros. Parecía un aerolito. Le seguía una cauda brillante de pedruzcos
más pequeños, aunque siempre mortales. Vi la otra fila de barreteros
adherirse a las rocas, huyendo del aplastamientos. Como los avestruces,
escondían la cabeza en la estúpida esperanza de conjurar el peligro. Los de
la otra cuadrilla estábamos separados de ellos por un trecho como de
cincuenta metros. Pero, de pronto, la mole desprendida encontró un pivote
saliente en el que rebotó cambiando de dirección y, como esas pequeñas
esférides de vidrio que se usan en los juegos nacionales del “Toro Rabón”,
la mole vino rebotando contra las aristas, variando ora a la derecha, ora a
la izquierda, pero siempre en dirección a nosotros. Me deshice del
minúsculo, pétreo andarivel que me sostenía. Quedé pendulando de la cuerda
como un pelele. Mi compañero, es decir, mi “hombro”, como lo expresan los
peones cuando trabajan por parejas, no se había movido. Sintió pasar la
muerte a su lado, ciega y mugidora. Entonces ya tranquilo como un Dios, y
tal vez para darme la clave del milagro, me recitó el principio de aquella
estrofa imponderable:
La virtud está en ser tranquilo y fuerte Era
colombiano. De Barranquilla, según creo. Es, me parece haberlo probado,
un caso típico en que la poesía de Rubén Darío influye en toda una vida.
Pudiera argüirse que Rubén ha in-fluido de manera fundamental en la poesía,
y que mi pretendido aserto es apenas una perogullada intolerable. Exacto.
Pero yo no estoy hablando de su influencia sobra la poesía, sino únicamente
sobre hombres que nada tienen que ver con la literartura: sobre
trabajadores. El mismo uso, e-levado hoy a “slogan”, he debido constatarlo
en algún dipsómano, mientras trémulo y casi comatoso, esperaba el trago
consolador que nunca le alcanzaron: La virtud está en ser tranquilo y
fuerte. Un periodista, nuestro, talentoso y astuto, pontífice del
narcisismo, sórdico, insidioso e hipócrita, en ocasión de una polémica en la
que llevaba la parte que ahora corresponde a los italianos, pudo afirmar con
espiritual debilidad: Ser sincero es ser potente. La gente rió. Ni lo
uno ni lo otro coincidía en el caso personal del narcisista. Pero la
influencia preceptiva, expuesta hoy al estudio, queda igualmente demostrada,
sin artificios, sin retórica. En ambos casos, Rubén, el Emperador de la
frase hecha, encontró espíritus necesitados del alimento eucarístico de su
poesía. El Pan de los Fuertes, que di-ce el Evangelio. Por respeto a la
memoria de Darío no insistiremos en los degenerados que a él se agarran
cuando se ven cogidos infraganti. En ocasiones, nuestro Emperador, deja
de servir a héroes y bufones. Puede reclamarlo también al simple buen humor.
Era tan generoso... ¡Más de una tragedia ha podido evitar la elocuencia
rubendariana, convertida en calmante! He estado junto a dos enardecidos
nocherniegos que discuten los preámbulos del pugilato. Ya han bajado de la
a-cera entre preguntas despectivas y respuestas de contra ataque. ¿Y vos,
quién sos? pregunta uno de los contrincantes. El otro, que quizá sienta
algún respeto por las cualidades pugilísticas del preguntón, aprovecha la
coyuntura. Llega hasta media calle, abre los brazos, y mirando a lo alto por
donde discurre la dulce luna vagabunda, exclama con su mejor timbre de
tenor: Yo soy aquel que ayer no más decía... Los frustados
espectadores ríen. El preguntón queda algo corrido. Entonces, el victorioso,
cantando, lo arrastra por el brazo a la última copa. ¡Para lo que sirves,
oh inefable Emperador de la frase hecha!
Más de una vez alguno de
nuestro políticos, en apuros, ha recurrido a esa panacea literaria. Hace más
de diez años, un señor Ministro, enbanquillado por la O.P. (Opinión Pública.
¿Es necesario aclararlo?), como defraudador, recurrió, desesperado, al
benévolo Rubén. Ante una avalancha estadística de fechas, documentos y
cifras del “respetable” irritado, aquel Ministro comenzó su inexplicable
explicación con una frase así: Dichoso el árbol que es apenas sensitivo
¡Pobre Emperador de la frase hecha! Claro que el Ministro no pudo ser
oportuno pero el conjuro calmó al público y el Ministro fraudulento desertó
del castigo por el ancho boquete de la piedad pública.
Rubén sirve
frecuentemente al público más de lo que pueda esperarse de un poeta, y estos
sevicios son ofrecidos en fragmentos de sus propios poemas que el instinto
popular eleva al rango de máximas. Ahora bien: No debe entenderse por
servicio sólo aquello que nos reporta vantaja material. Si sacásemos de un
apuro sentimental a nuestro vecino, le hacemos un servicio; igualmente
si aclarásemos el tejido de su con-fuso “frivolité” psicológico. Hace un
efectivo servicio Rubén cuando obliga al Guardia Nacional a descar-garse de
su cavanga, rememorando: ¿Recuerdas que querías ser una Margarita
Gautier? O bien, cuando el joven adolescente, llamado bruscamente al
misticismo quisiera: Sentirse libre de maldad y engaño y sentir una
mano que lo empuja, a la cueva que acoje al ermitaño o al silencio y
la paz de la Cartuja. Aún la sirvienta que acompaño a la patrona a
Corinto, podrá, para explicar no sabemos qué desazón, recitar aquella
inolvidable tontería: Margarita, está linda la mar. En los tres casos,
el servicio se ha consumado. Cuando, por el contrario, somos victimas de
contratiempos de otra muy noble índole; cuando las penas nos asaltan y
pretendemos ignorarlas, es inevitable asirse a las áncoras rubenianas.
Leopoldo Lugones fue poseído de esa urgencia. Co-mido por feroz hipocondría,
el genial naurasténico, al hacer un inventario de sus tribulaciones,
imaginarias o reales, pudo aún erguirse en estoico arrebato, altivo y
desdeñoso, puestos sus ojos abotagados por el insomnio, en las altas
futuras: Se triunfa del Dolor y de la Muerte y hacia Belén la caravana
pasa... Mientras escribo, el viento ha penetrado por el balcón echando a
volar mis papelotes, como mariposas disecadas. Aquellos papeles que guardan
recuerdos de juventud, nombres de amigos aventureros y de muchachas
viejamente muertas. Toda una vida. Todo un pasado. El verano tropical,
vidrio y sol, declina en las fronteras de una nueva estación. Más allá de
las sierras templadas, el trueno rueda hasta las calles de Managua. Por la
avenida repta un viejo coche destartalado. Un automóvil limpio y fugaz se le
aparea. Lo deja. Una muchacha primaveral se detiene para dar limosna a un
pordiosero septuagenario: Ayer y hoy. El pasado y el presente. Es la vida
que pasa. Me siento viejo dentro de mis 32 años. Debo morir...
Juventud, divino tesoro... Dijo una vez Rubén, el Emperador....
|