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       Año XVI, Edición 411           Fundada el 1 de Mayo de 1986        12 páginas         Miami-Dade, FL, Julio,  2010
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Su profesión: Periodista, Su pasión: La Poesía.

El Primer Día..
 

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¿A Emilio Ferrari

(Autor del poema «Pedro Abelardo»)


Pues, ¿y la hoguera viva?
Pues, ¿y el opreso tronco a que el dolor se abraza como la hiedra, al olmo?
¿Ya descorres el velo? ¿Ya me muestras el arcano fatal? Ta estoy de hinojos.

Si el alma está muriéndose
herida en lo más hondo,
y por la herida abierta
mana la sangre a chorros,
¿qué haces para cerrar la cruel herida? Aplicas al instante un hierro rojo.

Pues sabe que Eloísa,
tan afligido el rostro,
es terrible, es amarga
con su pesar incógnito.
Sabe que es el suplicio del espanto bajar del cielo y descender al coro.

¡Ay, cómo en algazara
encrespa el rudo noto
la mil rugientes olas
del iracundo Ponto !
¡Ay, cómo el huracán de las pasiones agita al corazón en su alboroto!

Agobiada conciencia
mata el ideal de pronto;
así se va el perfume
cuando el vaso está roto.
Urna es el alma de divino aroma que muere y se deshace
con un soplo.

El amor torturado
se estremece de pronto:
arrojas a la hoguera
carámbano hiperbóreo
y fugace la dicha tiende el vuelo y se queda el dolor. Es espantoso.

El amor aflijido
suspira melancólico
y ya tiene Eloísa
lágrimas en los ojos.
Se guarda dentro el pecho palpitante
el oleaje comprimido y sordo.

La idea bulle y hierve dentro el cerebro loco del fraile que medita en las noches de insomnio. En medio de una lúgubre existencia se agranda el pensador, surge el filósofo.

El volcán atizado
reventará de pronto,
y la encendida lava
saldrá del cráter bronco.
Sí; tal sale la idea de esa hornilla en borbotón de fuego luminoso.

Pero ¿tú? ¿tú, Emilio?
¿Y de tu cuadro el tono?
¿Y la luz y la línea que has puesto en esos rostros?
¿Y el fuego que has echado en esas almas?
¿Y tu canto inmortal, que infunde asombro?

Tú, que animas el metro
con el ritmo sonoro;
tú, que en celeste pauta
mueves el plectro armónico;
tú, que engarzas la idea en limpia estrofa
como el diamante en el metal precioso.

Ya pintas la amargura,
ya la dicha y el gozo,
ya la esperanza muerta,
ya el placer ilusorio;
para todo tú encuentras colorido, pensamientos y luces: para todo.

Ya es hecho. Creaste la obra,
oyóse el canto insólito,
surcó el viento, y hoy llega
a estos climas remotos.
Si España te ha ceñido de laureles, América te brinda palma y trono.

A Ricardo Contreras

Hoy respondo a tu crítica, Ricardo: y al comenzar diré de esta manera, con la palabra de un antiguo bardo:

¡Sarna de ser Autor! Si se apodera tu prurito de un seso de alcornoque, ¿cómo extrañar, señor, que me desbloque?

No seré ni un Roldán ni un Durandarte
para ir a defender de tus censuras, versos que bien pudieron disgustarte.

Mas es una injusticia, y de las duras,
que quieras aplicarme una azotaina de mi niñez buscando las hechuras.

No así lo hagas, pardiez, pon en la vaina la filosa cuchilla que hoy empleas para herir sin piedad; el brío amaina,

y sabe ahora, porque justo seas, que aquesa malhadada obra mía que hoy con tanta frescura vapuleas, parto fué de un muchacho que en un día remoto dióse a hacer mal romance versos de desgracia poesía,

sin que dearte ninguno hubiera alcance, y que por tal, lo transforma en... algo, Publio Ovidio Nasón (q.e.p.d.)

Y sin con esto del aprieto salgo, quede el muchacho aquél por majagranzas, que yo aseguro y sé que nada valgo.

Contigo ¡Santo Dios! no rompo lanzas, porque sé de tu pluma poderosa el ático punzar y lo que alcanzas.

Tu fantasía, ardiente y lujuriosa al par que en chiste agudo, se desata en un torrente de gallarda prosa.

De tu sátira sé lo que maltrata, con esa donosura contundente que todo desajusta y desbarata.

Mas no es bien que la emplees rudamente, mis obras primigenias destrozando, pudiendo referirte a lo presente,

y no a los versos que zurcía cuando me empezaba a enseñar el maestro Rizo
Geografía y Moral en San Fernando.

Un muchacho inexperto y perdidizo, no digo un disparate, mil comete
creyendo ser muy bueno lo que hizo;

y no es de emplear en él tu rudo fute que está hecho al flagelar figuras altas, y a tomarlas, Ricardo, por juguete.

¿Y por mi Ley escrita ahora te exaltas? Francamente, a creer ya me decido, que es esa la más grande de tus faltas.

¡La Ley escrita! Escrita sin sentido: se volverían locos al mirarla los pocos sabios que en el mundo han sido.

¡Sí, merece, señor, achicharrarla en un auto de fe, para escarmiento de todo aquel que en malos versos parla!

Así, pues, empleaste tu talento
en cometer un cruel muchachicidio,
sin hallar expresión ni fundamento

que te hagan resistencia. Yo no lidio por mis viejas torpezas; mucho menos con un contrario cuya pluma envidio.

En justicia y verdad tomo por buenos los consejos que salen de tu boca, de interés y de dolo siempre ajenos.

La verdad en su punto se coloca; la musa que al precepto no se adhiere, es musa que caerá si se desboca.

Mas esto al afirmar, mi juicio infiere que la mía al precepto se acomoda, y modelos altísimos prefiere.

Si no alcanza a imitar la gracia toda y la rica expresión y galanura con que da admiración la antigua oda.

es porque no he bebido yo en la pura linfa de la Castalia, y del Parnaso nunca llegué a tocar la sacra altura.

Es preciso montar en el Pegaso
para sonar la cítara de oro de León, o el rabel de Garcilaso:

El lauro con que Fama galardona, premio es para el poeta que inspirado himno soberbio, con la lira entona;

y si premio tan alto he deseado se ha abatido, al pensarlo, mi deseo, y en humildes regiones se ha quedado.

Si el ansia finge el loco devaneo, el espíritu, débil, se anonada al soñar con el lauro apolineo.

Vibra rayos ardientes la mirada con que infunde vigor el padre Apolo: ¡yo vi una chispa de su luz sagrada!

Mas mi callada voz dice tan sólo baja canción, cual la que dice el ave en el sauce que cubre el mauseolo...

A las veces ensayo el pletro grave que da el robusto son, o la armonía de las estancias de égloga suave;

todo quiere imitar el arpa mía;
pero como soy débil e inexperto yo no puedo alcanzar alta poesía.

Llega a mi oído el ritmo del concierto
que nobles vates con maestría inventan,
y sabía mano y altitud advierto.

Mas si mis dedos discurrir intentan del sagrado instrumento en los bordones,
los bordones o callan o revientan.

No es mio el producir divinos sones con la medida clásica y el metro que melodía ordena y proporciones; hágalo norabuena quien el cetro de poderoso guarde, y bien sacuda con mano firme el vigoroso pletro...

Antes mi lengua quedaría muda de pretender llegar hasta do llega del épico cantar la estrofa ruda.

Mi musa es musa que sus alas pliega; primero que intentar subir la cumbre abajo se solaza, ríe y juega...
continuará
 

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