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Su
profesión: Periodista, Su pasión: La Poesía.

El Primer Día...

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¿A Emilio Ferrari
(Autor del poema
«Pedro Abelardo»)
Pues, ¿y la hoguera viva? Pues,
¿y el opreso tronco a que el dolor se abraza como la hiedra, al
olmo? ¿Ya descorres el velo? ¿Ya me muestras el arcano fatal? Ta
estoy de hinojos.
Si el alma está muriéndose herida en lo
más hondo, y por la herida abierta mana la sangre a chorros,
¿qué haces para cerrar la cruel herida? Aplicas al instante un
hierro rojo.
Pues sabe que Eloísa, tan afligido el rostro,
es terrible, es amarga con su pesar incógnito. Sabe que es el
suplicio del espanto bajar del cielo y descender al coro.
¡Ay, cómo en algazara encrespa el rudo noto la mil rugientes
olas del iracundo Ponto ! ¡Ay, cómo el huracán de las pasiones
agita al corazón en su alboroto!
Agobiada conciencia mata
el ideal de pronto; así se va el perfume cuando el vaso está
roto. Urna es el alma de divino aroma que muere y se deshace
con un soplo.
El amor torturado se estremece de pronto:
arrojas a la hoguera carámbano hiperbóreo y fugace la dicha
tiende el vuelo y se queda el dolor. Es espantoso.
El amor
aflijido suspira melancólico y ya tiene Eloísa lágrimas en
los ojos. Se guarda dentro el pecho palpitante el oleaje
comprimido y sordo.
La idea bulle y hierve dentro el cerebro
loco del fraile que medita en las noches de insomnio. En medio de
una lúgubre existencia se agranda el pensador, surge el filósofo.
El volcán atizado reventará de pronto, y la encendida lava
saldrá del cráter bronco. Sí; tal sale la idea de esa hornilla en
borbotón de fuego luminoso.
Pero ¿tú? ¿tú, Emilio? ¿Y de
tu cuadro el tono? ¿Y la luz y la línea que has puesto en esos
rostros? ¿Y el fuego que has echado en esas almas? ¿Y tu canto
inmortal, que infunde asombro?
Tú, que animas el metro con
el ritmo sonoro; tú, que en celeste pauta mueves el plectro
armónico; tú, que engarzas la idea en limpia estrofa como el
diamante en el metal precioso.
Ya pintas la amargura, ya
la dicha y el gozo, ya la esperanza muerta, ya el placer
ilusorio; para todo tú encuentras colorido, pensamientos y luces:
para todo.
Ya es hecho. Creaste la obra, oyóse el canto
insólito, surcó el viento, y hoy llega a estos climas remotos.
Si España te ha ceñido de laureles, América te brinda palma y trono.
A Ricardo Contreras
Hoy respondo a tu crítica, Ricardo:
y al comenzar diré de esta manera, con la palabra de un antiguo
bardo:
¡Sarna de ser Autor! Si se apodera tu prurito de un
seso de alcornoque, ¿cómo extrañar, señor, que me desbloque?
No seré ni un Roldán ni un Durandarte para ir a defender de tus
censuras, versos que bien pudieron disgustarte.
Mas es una
injusticia, y de las duras, que quieras aplicarme una azotaina de
mi niñez buscando las hechuras.
No así lo hagas, pardiez, pon
en la vaina la filosa cuchilla que hoy empleas para herir sin
piedad; el brío amaina,
y sabe ahora, porque justo seas, que
aquesa malhadada obra mía que hoy con tanta frescura vapuleas, parto
fué de un muchacho que en un día remoto dióse a hacer mal romance
versos de desgracia poesía,
sin que dearte ninguno hubiera
alcance, y que por tal, lo transforma en... algo, Publio Ovidio
Nasón (q.e.p.d.)
Y sin con esto del aprieto salgo, quede el
muchacho aquél por majagranzas, que yo aseguro y sé que nada valgo.
Contigo ¡Santo Dios! no rompo lanzas, porque sé de tu pluma
poderosa el ático punzar y lo que alcanzas.
Tu fantasía,
ardiente y lujuriosa al par que en chiste agudo, se desata en un
torrente de gallarda prosa.
De tu sátira sé lo que maltrata,
con esa donosura contundente que todo desajusta y desbarata.
Mas no es bien que la emplees rudamente, mis obras primigenias
destrozando, pudiendo referirte a lo presente,
y no a los
versos que zurcía cuando me empezaba a enseñar el maestro Rizo
Geografía y Moral en San Fernando.
Un muchacho inexperto y
perdidizo, no digo un disparate, mil comete creyendo ser muy
bueno lo que hizo;
y no es de emplear en él tu rudo fute que
está hecho al flagelar figuras altas, y a tomarlas, Ricardo, por
juguete.
¿Y por mi Ley escrita ahora te exaltas? Francamente,
a creer ya me decido, que es esa la más grande de tus faltas.
¡La Ley escrita! Escrita sin sentido: se volverían locos al
mirarla los pocos sabios que en el mundo han sido.
¡Sí,
merece, señor, achicharrarla en un auto de fe, para escarmiento de
todo aquel que en malos versos parla!
Así, pues, empleaste tu
talento en cometer un cruel muchachicidio, sin hallar
expresión ni fundamento
que te hagan resistencia. Yo no lidio
por mis viejas torpezas; mucho menos con un contrario cuya pluma
envidio.
En justicia y verdad tomo por buenos los consejos
que salen de tu boca, de interés y de dolo siempre ajenos.
La
verdad en su punto se coloca; la musa que al precepto no se adhiere,
es musa que caerá si se desboca.
Mas esto al afirmar, mi
juicio infiere que la mía al precepto se acomoda, y modelos
altísimos prefiere.
Si no alcanza a imitar la gracia toda y
la rica expresión y galanura con que da admiración la antigua oda.
es porque no he bebido yo en la pura linfa de la Castalia, y del
Parnaso nunca llegué a tocar la sacra altura.
Es preciso
montar en el Pegaso para sonar la cítara de oro de León, o el
rabel de Garcilaso:
El lauro con que Fama galardona, premio
es para el poeta que inspirado himno soberbio, con la lira entona;
y si premio tan alto he deseado se ha abatido, al pensarlo, mi
deseo, y en humildes regiones se ha quedado.
Si el ansia
finge el loco devaneo, el espíritu, débil, se anonada al soñar con
el lauro apolineo.
Vibra rayos ardientes la mirada con que
infunde vigor el padre Apolo: ¡yo vi una chispa de su luz sagrada!
Mas mi callada voz dice tan sólo baja canción, cual la que dice
el ave en el sauce que cubre el mauseolo...
A las veces
ensayo el pletro grave que da el robusto son, o la armonía de las
estancias de égloga suave;
todo quiere imitar el arpa mía;
pero como soy débil e inexperto yo no puedo alcanzar alta poesía.
Llega a mi oído el ritmo del concierto que nobles vates con
maestría inventan, y sabía mano y altitud advierto.
Mas si
mis dedos discurrir intentan del sagrado instrumento en los bordones,
los bordones o callan o revientan.
No es mio el producir
divinos sones con la medida clásica y el metro que melodía ordena y
proporciones; hágalo norabuena quien el cetro de poderoso guarde, y
bien sacuda con mano firme el vigoroso pletro...
Antes mi
lengua quedaría muda de pretender llegar hasta do llega del épico
cantar la estrofa ruda.
Mi musa es musa que sus alas pliega;
primero que intentar subir la cumbre abajo se solaza, ríe y juega...
continuará
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