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       Año XVI, Edición 412           Fundada el 1 de Mayo de 1986        16 páginas         Miami-Dade, FL, Agosto,  2010
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FRUSTRADO INTENTO DE ELIMINAR A SOMOZA GARCÍA TERMINÓ EN MASACRE.

1954: Rebelión G.N. del 4 de Abril.
 

Tnte. G.N. Guillermo Duarte Carrión
Cadete No. 48 Primera Promoción
AMN 1940-1943.
En el año 1946 el Alférez Jorge Cárdenas, vistiendo el uniforme de Gala de la Guardia Civil del Perú. Jorge Cárdenas es el autor de este reportaje histórico.
La Estrella de Oro del Mérito, emblema distintivo establecido por la Academia Militar de Nicaragua para premiar a los estudiantes que sobresalían por su aprovechamiento y disciplina, correspondió en el año de 1942 a los alumnos cadetes de la Primera y Segunda Promociones, que aparecen en la fotoa: Carlos Gómez N0 36, Segundo Astorga N0 28, Fernando Gross N0 1, Jorge A. Cárdenas N0 62, Raúl Jiménez N0 71 y Félix R. Guillén N0 54.
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       Esta es la narración --y testimonio-- de Jorge Cárdenas, uno de los más brillantes oficiales que tuvo la Guardia Nacional de Nicaragua, de uno de los más dramáticos capítulos políticomilitares de la historia de Nicaragua. Si se hubiera logra-do el éxito, la historia de Nicaragua hubiera cambiado hasta el punto que no existiera el presente Estas son sus palabras:

Por
Jorge Cárdenas
Especial para
La Estrella de Nicaragua
«Tan peligroso es el puñal del asesino que nos acecha, como la lengua de un hipócrita que nos calumnia».
«Tengo la misión de llevarte, ahora mismo, a una reunión de gran trascendencia que va a celebrar el Estado Mayor Revolucionario. Ya está la gente para dar “un golpe de mano” al gobierno de Somoza. No estoy autorizado para decirte dónde es, sino llevarte conmigo».
Faltaban unos minutos para las 6 de la tarde del 3 de Abril de 1954.
«Golpe de mano», en el lenguaje castrense, significa un ata-que sorpresivo y violento para desarticular inmisericordemente el Centro de Mando de un ejército o de un gobierno.
El que me invitaba era el Teniente de Infantería Guillermo Duarte, mi compañero de estudios en la Academia Militar de Nicaragua y vecino mío en el Barrio 11 de Julio de Managua.
Duarte, un oficial íntegro, valiente, de carácter sereno, de pocas palabras, no transigía con «los desmanes de quienes gobernaban nuestro país desde hacía décadas», según su decir.
Conocí a Guillermo Duarte desde la juventud; él era el cadete No. 48 de la Primera Promoción, 1940-1943; y yo le seguía en la Segunda Promoción, 1941-1944, con el No. 62.
Guillermo, en su época de cadete, se había ganado el respeto, aunque no la simpatía, de sus otros 49 compañeros de promoción cuando todos ellos, durante su primer año de estudios, hicieron una huelga reclamando menos rigor durante el entrenamiento militar (creían que eran civiles y que estaban en un instituto de estudios secundarios).
Guillermo Duarte vio aquel panorama distinto. No estuvo de acuerdo ni participó en la huelga --por lo tanto no sufrió castigo alguno-- mientras sus 49 compa-ñeros eran reconcentrados en el Campo de Parada de la escuela, cuyos linderos estaban ya tomados por tropas de la Guardia Nacional, bien equipadas para la acción, con sus cuatro nidos de ametralladoras apuntando sobre los insurrectos y prestos a reprimir la menor desobediencia.
Los cadetes revoltosos fueron equipados con uniformes de faena verdeolivo, fusiles sin cerrojos (inutilizados para disparar), mochilas en las espaldas cargadas con cerca de 40 libras de piedras y forzados a «pagar fatiga» --que es una marcha ininterrumpida a «paso picado» durante 50 minutos con 10 de descanso, hora tras hora, desde el amanecer hasta las 9 de la noche--, con breves interrupciones para sólo tomar agua y «engullir» un bollo de pan.
El cadete que se desmayaba con el agotamiento, rápidamente le recogían los enfermeros militares, le trasladaban a la enferme-ría, le «resucitaban» e inmediatamente le devolvían al campo a seguir «pagando fatiga».
El castigo duró tres días... Todo se normalizó cuando los cadetes de la Primera Promoción quedaron «ahormados», como se dice en lenguaje taurino.
El cadete Guillermo Duarte Carrión demostró su temple; un temple leal a sus convicciones... que años después le llevó a actuar, con toda decisión, a favor de un ideal, convencido que era lo mejor para Nicaragua.
Ahora volvamos al 3 de Abril de 1954:
La invitación que me hizo Guillermo Duarte me sorprendió... reflexioné por unos segundos en silencio mirándole fijamente a los ojos; después le dije:
--«Hombré, Guillermó, a mi me están tratando como si yo fuera un soldado raso. Yo no he participado en la planificación ni en la organización que todo “Golpe de Mano” exige: ¡una extrema meticulosidad!; una operación militar de esta trascendencia no se improvisa. Yo soy “un centurión” porque comando a los 100 hombres más selectos y mejor entrenados de la Guardia Nacional de Nicaragua. Tengo bajo mi mando no sólo a la tropa sino también a 4 Tenientes y a 2 Sargentos Mayo-res de gran reputación dentro de la Guardia Nacional».
«Ninguna otra unidad en Nicaragua tiene el armamento que porta mi gente --excepto el Ba-tallón Presidencial--. Además, no puedo ir con vos, aunque quisiera, porque dentro de unos minutos pasará llevándome el Cnel. Humberto González junto con su señora, pues tenemos que asistir, los dos matrimonios, a la recepción que el Embajador de Estados Unidos Thomas E. Whelan le ofrece al Gral. Wislock, Jefe del Comando Sur del Ejército de Estados Unidos; él viene a firmar un tratado de ayuda militar a Nicaragua. Vos sabés que el Cnel. González es el Sub Director de la Academia Militar y yo su Oficial Ayudante. Por eso es que estamos invitados con nuestras esposas».
El Teniente Duarte se marchó en silencio.
Cabe recordar que las célebres Legiones Romanas, estaban organizadas en unidades de 100 orgullosos combatientes, elegantemente uniformados, llamadas «Centurias» que ostentaban un aura de invencibilidad. Al jefe de ellas le llamaban «Centurión»; un rango de gran distinción en la Roma Imperial de los Césares.
Ese 3 de Abril de 1954 se dieron cita en la Residencia del Embajador de Estados Unidos en Nicaragua, lo más representativo de la sociedad nicaragüense: el Presidente de la República, Ministros de Estado, alta Oficialidad de la Guardia Nacional, Cuerpo Diplomático, Magistrados, Senadores, Sociedad Civil, etc. etc.
A eso de las 8:30 de la noche, el Gral. Somoza García recibió una llamada telefónica que contestó en el dormitorio del Embajador anfitrión. Momentos después de haber colgado el teléfono el Presidente Somoza, se vió salir apresuradamente al Cnel. Carlos Silva, Secretario Militar de la Comandancia General, rumbo a su oficina en la Loma de Tiscapa, en la misma Casa Presidencial.
Una hora después, a eso de las 9:30 de la noche, entró a la Residencia Diplomática norteamericana el Captn. G.N. José R. So-moza, vistiendo uniforme kaky, que contrastaba con los uniformes blancos de gala que vestíamos todos los oficiales en esa recepción. El Capitán José Somoza portaba en sus manos una sub-ametralladora Thompson calibre .45; cruzó todo el salón a grandes pasos para hablarle a su padre al oído.
El Gral. Somoza García, sin vacilación, se despidió del Embajador Whelan y del Gral. Wislock, bajó rápidamente las escalinatas de la mansión, abordó su limousine y desapareció en silencio --esto es, sin sonar la sirena que se usaba para pedir «vía libre» cuando en ella viajaba el Presidente de la República--. Yo, para mis adentros, pensé: «...el Servicio de Inteligencia del Ejército ya debe tener los primeros indicios de los torpes movimientos de estos insurrectos “amateurs”, creyendo que a Somoza lo van a atrapar así no más...»
El entonces Cnel. G.N. Anastasio Somoza Debayle había asumido la Dirección de la Academia Militar de Nicaragua en Noviembre de 1948 --aunque ya desempeñaba el alto cargo de Jefe del Estado Mayor de la Guardia Nacional-- debido a que la Escuela pasaba por la peor crisis de su historia: los Directores norteamericanos se habían marchado y el sub-Director, el anciano Coronel Julio D'Arbelles estaba moribundo; la acefalía reinaba en todos los aspectos y la indisciplina era tal, que existía en verdad «un caos organizado»; cada quien hacía lo que le venía en gana con las propiedades y los dineros de la institución.
La alta oficialidad de la Guardia Nacional --que en su casi totalidad no eran académicos-- sino políticos, como el Gral. Anastasio Somoza García, vestidos --o disfrazados-- con uniformes mili-tares, constantemente «cabildeaban» para que se cerrara la Academia Militar. No querían que egresaran más oficiales profesionales; pero el «westpointer» Somoza Debayle defendía a capa y espada su existencia. Él visualizaba su futuro político como seguro miembro de la dinastía y controlaría y gobernaría el país con la joven oficialidad que él mismo iba a formar.
Para justificar la existencia de la Academia Militar, dispuso fundar --adscrita a este centro de estudios-- otro más: la Escuela Nacional de Policía; y me dio esa elevada misión a mi; y con el pleno respaldo de él y de su padre, la hice a mi gusto, a como la había visualizado yo durante mis 5 años de estudios policiales académicos en Lima, Perú, durante los que junto a mi compañero --también becario-- Alberto Ramírez idealizábamos como in-dispensable para Nicaragua, la formación de una verdadera policía profesional.
Alberto y yo fuimos becarios privilegiados. Después de graduados con espléndidas calificaciones (yo fuí el No. 2 de mi Pro-moción), el gobierno del Perú nos sometió a una especie de internado con entrenamiento práctico, similar al que hacen los estudiantes de medicina como parte indispensable de su currículum.
Fuimos incorporados a las Fuerzas Armadas del Perú con el rango de Alférez (sub-tenientes) con privilegios y responsabilidades idénticas a los peruanos, con salario mensual del gobierno (por cierto, en el detalle mensual de mi paga, aparecía una deducción llamada «Impuesto de Soltería», porque era un Oficial Soltero). El objeto era perfeccionarnos profesionalmente. Actuamos como Policías Urbanos, Policías Rurales (de caballería), Policías de Frontera (en Tacna, Chile, El Ayro, Bolivia, Tumbes, Ecuador), Policías de Investigación (Gabinete Central de Identificación en Lima), recibimos cursos especiales de Organización y Ad-ministración Policial; y tuvimos el inmenso privilegio de asistir como alumnos oyentes a la Es-cuela Superior de Guerra, con Generales, Coroneles y Diplomáticos de carrera como compañeros de estudio.
Para la Escuela de Policía de Nicaragua, desde un principio conté con un millón de Córdobas (de aquella época), dentro del presupuesto anual del Ministerio de Gobernación y Policía; más el dinero que para los 100 «rasos-alumnos» de la Guardia Nacional debía figurar para ellos de acuerdo a los reglamentos del ejército, que significaban C$0.90 centavos por día por hombre para su vestuario y C$1.20 diarios por hombre para su alimentación, montos que hoy pueden parecer mínimos e insuficientes, pero en 1952 era dinero valioso y más que suficiente para esos rubros. Disponía yo así de un millón cien mil Córdobas para un magnífico funcionamiento de la Escuela de Policía.
En ese año --1952-- se iniciaban en Nicaragua las Agencias de Publicidad. Contraté a Publicidad Cuadra Chamberlain y con ella diseñé una campaña publicitaria en todos los medios de difusión del país para atraer aspirantes que quisieran matricularse, seguir estudios que durarían un año y hacer carrera en el nuevo cuerpo policial que se estaba fundando en Nicaragua.
El éxito fue rotundo: se presentaron 1084 aspirantes y de ellos hubo 168 jóvenes que llenaron a plenitud los exigentes requisitos que impuse; y como so-lamente tenía cupo para 100 alumnos, me dí el lujo de ponerlos en fila a todos ellos y seleccionar a los de mejor capacidad, más a-puestos y de buena estatura.
El perfil personal de mis alumnos fue igual o mejor que el perfil personal de la cadetes de la Academia Militar. Tenía jóvenes que ya cursaban el primer año de ingeniería, estudiantes que se habían iniciado en la universidad, o que ya estaban graduados de contadores, etc. etc. etc. Pero... ese triunfo personal mío sirvió también para que se acrecentara la más perversa hipocresía y codicia de los oficiales-políticos que pretendían mi cargo.
Al Gral. Somoza García le llegaron a decir que «¿Cómo era posible que un “tenientillo” fuera el Director de la Escuela de Policía, cuando ese cargo le correspondía a un Mayor del Ejército, o cuando menos a un Capitán».
Aspiraban --como era norma en la Guardia Nacional-- a «darse gusto» administrando un millón de Córdobas. Esto dió pábulo a que me implicaran en el intento de «Golpe de Mano» de 1954, calumniándome hábilmente, inventando contra mi «medias verdades», como que yo era íntimo amigo del ex-Teniente Adolfo Báez Bone; que el ex-Coronel Manuel Gómez Flores tenía muy buen concepto de mi y me elogiaba; que hacíamos paseos familiares a los pueblos de Carazo los Báez Bone (Adolfo y Luis), Adolfo Alfaro, etc. etc., quienes aparecieron figurando en primera línea dentro del complot.
Los calumniadores profesionales no iban a desaprovechar la oportunidad que les daban estos sucesos, que tenían aterrorizados a los Somoza.
Sí. Los Somoza estuvieron aterrorizados al figurar Oficiales y ex-Oficiales de la calidad del Tnte. G.N. Guillermo Duarte, segundo al mando del Destacamento Militar de Las Mercedes, que lo comandaba el Tnte. G.N. Guillermo Noguera, cuidadosamente escogidos porque solamente recibían órdenes de la Presidencia de la República. Este destacamento controlaba el aeropuerto internacional de Managua, centro clave de la capital de la República.
Los Somoza tenían razón para sospechar lo peor: una gran conspiración del ejército y por eso todo chisme y todo cuento tenía valor, mereciendo una rápida acción como respuesta.
La historia demostró que los sangrientos sucesos del 4 de Abril tuvieron una ramificación extranacional y su fase política-militar comenzó en 1954 y concluyó con el magnicidio cometido en la persona del Gral. Somoza García en Septiembre de 1956.
El 5 de Abril de 1954, aproximadamente a las 11:00 de la noche, cuando yo estaba laborando un Plan de Defensa para la Academia Militar, cumpliendo órdenes del Cnel. Humberto González, éste recibió una orden de Casa Presidencial para que yo me presentara inmediatamente ante el Jefe de la Policía en el Cuartel de El Hormiguero. Junto conmigo fue también --cumpliendo órdenes-- el Tnte. G.N. Jorge Are-llano.
Me presenté ante el Captn. G.N. Gustavo Montiel, saludándole militarmente. Cuando me vió exclamó: --«¿Ya te lo dije-ron? ¡Estás detenido! ¡Dame tu arma!»
Los ojos de Jorge Arellano casi se salen de sus cuencas; pare-cían los ojos de un cangrejo asustado.
Montiel le dijo: --«¡Usted, devuélvase a su cuartel!»… Continuará

En la próxima edición de La Estrella de Nicaragua continuará este reportaje y testimonio histórico del ex-Tnte. G.N. Jorge A. Cárdenas continuando el relato exclusivo, con las acciones militares de estos sucesos, los combates en los cafetales de Carazo, las capturas, las torturas, las confesiones y las ejecuciones de los prisioneros.

 
 

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