|
FRUSTRADO INTENTO DE ELIMINAR A SOMOZA GARCÍA TERMINÓ EN MASACRE.
1954: Rebelión G.N. del 4 de Abril.

Tnte. G.N. Guillermo Duarte Carrión Cadete No. 48
Primera Promoción AMN 1940-1943. |

En el año 1946 el Alférez Jorge Cárdenas, vistiendo
el uniforme de Gala de la Guardia Civil del Perú. Jorge Cárdenas es el
autor de este reportaje histórico. |

La Estrella de Oro del Mérito, emblema distintivo
establecido por la Academia Militar de Nicaragua para premiar a los
estudiantes que sobresalían por su aprovechamiento y disciplina,
correspondió en el año de 1942 a los alumnos cadetes de la Primera y
Segunda Promociones, que aparecen en la fotoa: Carlos Gómez N0 36,
Segundo Astorga N0 28, Fernando Gross N0 1, Jorge A. Cárdenas N0 62,
Raúl Jiménez N0 71 y Félix R. Guillén N0 54. |
|
|
Cambie el tamaño de la letra |
| - A A A + |
| | | |
|
Esta es la
narración --y
testimonio-- de Jorge
Cárdenas, uno de los
más brillantes
oficiales que tuvo la
Guardia Nacional de
Nicaragua, de uno de los
más dramáticos capítulos
políticomilitares de la
historia de Nicaragua.
Si se hubiera logra-do
el éxito, la historia de
Nicaragua hubiera
cambiado hasta el punto
que no existiera el
presente Estas son sus
palabras:
Por
Jorge Cárdenas
Especial para
La Estrella
de Nicaragua |
«Tan
peligroso es el puñal
del asesino que nos
acecha, como la lengua
de un hipócrita que nos
calumnia». «Tengo la
misión de llevarte,
ahora mismo, a una
reunión de gran
trascendencia que va a
celebrar el Estado Mayor
Revolucionario. Ya está
la gente para dar “un
golpe de mano” al
gobierno de Somoza. No
estoy autorizado para
decirte dónde es, sino
llevarte conmigo».
Faltaban unos minutos
para las 6 de la tarde
del 3 de Abril de 1954.
«Golpe de mano», en el
lenguaje castrense,
significa un ata-que
sorpresivo y violento
para desarticular
inmisericordemente el
Centro de Mando de un
ejército o de un
gobierno. El que me
invitaba era el Teniente
de Infantería Guillermo
Duarte, mi compañero de
estudios en la Academia
Militar de Nicaragua y
vecino mío en el Barrio
11 de Julio de Managua.
Duarte, un oficial
íntegro, valiente, de
carácter sereno, de
pocas palabras, no
transigía con «los
desmanes de quienes
gobernaban nuestro país
desde hacía décadas»,
según su decir.
Conocí a Guillermo
Duarte desde la
juventud; él era el
cadete No. 48 de la
Primera Promoción,
1940-1943; y yo le
seguía en la Segunda
Promoción, 1941-1944,
con el No. 62.
Guillermo, en su época
de cadete, se había
ganado el respeto,
aunque no la simpatía,
de sus otros 49
compañeros de promoción
cuando todos ellos,
durante su primer año de
estudios, hicieron una
huelga reclamando menos
rigor durante el
entrenamiento militar
(creían que eran civiles
y que estaban en un
instituto de estudios
secundarios).
Guillermo Duarte vio
aquel panorama distinto.
No estuvo de acuerdo ni
participó en la huelga
--por lo tanto no sufrió
castigo alguno--
mientras sus 49
compa-ñeros eran
reconcentrados en el
Campo de Parada de la
escuela, cuyos linderos
estaban ya tomados por
tropas de la Guardia
Nacional, bien equipadas
para la acción, con sus
cuatro nidos de
ametralladoras apuntando
sobre los insurrectos y
prestos a reprimir la
menor desobediencia.
Los cadetes revoltosos
fueron equipados con
uniformes de faena
verdeolivo, fusiles sin
cerrojos (inutilizados
para disparar), mochilas
en las espaldas cargadas
con cerca de 40 libras
de piedras y forzados a
«pagar fatiga» --que es
una marcha
ininterrumpida a «paso
picado» durante 50
minutos con 10 de
descanso, hora tras
hora, desde el amanecer
hasta las 9 de la
noche--, con breves
interrupciones para sólo
tomar agua y «engullir»
un bollo de pan. El
cadete que se desmayaba
con el agotamiento,
rápidamente le recogían
los enfermeros
militares, le
trasladaban a la
enferme-ría, le
«resucitaban» e
inmediatamente le
devolvían al campo a
seguir «pagando fatiga».
El castigo duró tres
días... Todo se
normalizó cuando los
cadetes de la Primera
Promoción quedaron
«ahormados», como se
dice en lenguaje
taurino. El cadete
Guillermo Duarte Carrión
demostró su temple; un
temple leal a sus
convicciones... que años
después le llevó a
actuar, con toda
decisión, a favor de un
ideal, convencido que
era lo mejor para
Nicaragua. Ahora
volvamos al 3 de Abril
de 1954: La
invitación que me hizo
Guillermo Duarte me
sorprendió... reflexioné
por unos segundos en
silencio mirándole
fijamente a los ojos;
después le dije: --«Hombré,
Guillermó, a mi me están
tratando como si yo
fuera un soldado raso.
Yo no he participado en
la planificación ni en
la organización que todo
“Golpe de Mano” exige:
¡una extrema
meticulosidad!; una
operación militar de
esta trascendencia no se
improvisa. Yo soy “un
centurión” porque
comando a los 100
hombres más selectos y
mejor entrenados de la
Guardia Nacional de
Nicaragua. Tengo bajo mi
mando no sólo a la tropa
sino también a 4
Tenientes y a 2
Sargentos Mayo-res de
gran reputación dentro
de la Guardia Nacional».
«Ninguna otra unidad en
Nicaragua tiene el
armamento que porta mi
gente --excepto el
Ba-tallón
Presidencial--. Además,
no puedo ir con vos,
aunque quisiera, porque
dentro de unos minutos
pasará llevándome el
Cnel. Humberto González
junto con su señora,
pues tenemos que
asistir, los dos
matrimonios, a la
recepción que el
Embajador de Estados
Unidos Thomas E. Whelan
le ofrece al Gral.
Wislock, Jefe del
Comando Sur del Ejército
de Estados Unidos; él
viene a firmar un
tratado de ayuda militar
a Nicaragua. Vos sabés
que el Cnel. González es
el Sub Director de la
Academia Militar y yo su
Oficial Ayudante. Por
eso es que estamos
invitados con nuestras
esposas». El Teniente
Duarte se marchó en
silencio. Cabe
recordar que las
célebres Legiones
Romanas, estaban
organizadas en unidades
de 100 orgullosos
combatientes,
elegantemente
uniformados, llamadas
«Centurias» que
ostentaban un aura de
invencibilidad. Al jefe
de ellas le llamaban
«Centurión»; un rango de
gran distinción en la
Roma Imperial de los
Césares. Ese 3 de
Abril de 1954 se dieron
cita en la Residencia
del Embajador de Estados
Unidos en Nicaragua, lo
más representativo de la
sociedad nicaragüense:
el Presidente de la
República, Ministros de
Estado, alta Oficialidad
de la Guardia Nacional,
Cuerpo Diplomático,
Magistrados, Senadores,
Sociedad Civil, etc.
etc. A eso de las
8:30 de la noche, el
Gral. Somoza García
recibió una llamada
telefónica que contestó
en el dormitorio del
Embajador anfitrión.
Momentos después de
haber colgado el
teléfono el Presidente
Somoza, se vió salir
apresuradamente al Cnel.
Carlos Silva, Secretario
Militar de la
Comandancia General,
rumbo a su oficina en la
Loma de Tiscapa, en la
misma Casa Presidencial.
Una hora después, a eso
de las 9:30 de la noche,
entró a la Residencia
Diplomática
norteamericana el Captn.
G.N. José R. So-moza,
vistiendo uniforme kaky,
que contrastaba con los
uniformes blancos de
gala que vestíamos todos
los oficiales en esa
recepción. El Capitán
José Somoza portaba en
sus manos una
sub-ametralladora
Thompson calibre .45;
cruzó todo el salón a
grandes pasos para
hablarle a su padre al
oído. El Gral. Somoza
García, sin vacilación,
se despidió del
Embajador Whelan y del
Gral. Wislock, bajó
rápidamente las
escalinatas de la
mansión, abordó su
limousine y desapareció
en silencio --esto es,
sin sonar la sirena que
se usaba para pedir «vía
libre» cuando en ella
viajaba el Presidente de
la República--. Yo, para
mis adentros, pensé:
«...el Servicio de
Inteligencia del
Ejército ya debe tener
los primeros indicios de
los torpes movimientos
de estos insurrectos
“amateurs”, creyendo que
a Somoza lo van a
atrapar así no más...»
El entonces Cnel. G.N.
Anastasio Somoza Debayle
había asumido la
Dirección de la Academia
Militar de Nicaragua en
Noviembre de 1948
--aunque ya desempeñaba
el alto cargo de Jefe
del Estado Mayor de la
Guardia Nacional--
debido a que la Escuela
pasaba por la peor
crisis de su historia:
los Directores
norteamericanos se
habían marchado y el
sub-Director, el anciano
Coronel Julio D'Arbelles
estaba moribundo; la
acefalía reinaba en
todos los aspectos y la
indisciplina era tal,
que existía en verdad
«un caos organizado»;
cada quien hacía lo que
le venía en gana con las
propiedades y los
dineros de la
institución. La alta
oficialidad de la
Guardia Nacional --que
en su casi totalidad no
eran académicos-- sino
políticos, como el Gral.
Anastasio Somoza García,
vestidos --o
disfrazados-- con
uniformes mili-tares,
constantemente
«cabildeaban» para que
se cerrara la Academia
Militar. No querían que
egresaran más oficiales
profesionales; pero el «westpointer»
Somoza Debayle defendía
a capa y espada su
existencia. Él
visualizaba su futuro
político como seguro
miembro de la dinastía y
controlaría y gobernaría
el país con la joven
oficialidad que él mismo
iba a formar. Para
justificar la existencia
de la Academia Militar,
dispuso fundar
--adscrita a este centro
de estudios-- otro más:
la Escuela Nacional de
Policía; y me dio esa
elevada misión a mi; y
con el pleno respaldo de
él y de su padre, la
hice a mi gusto, a como
la había visualizado yo
durante mis 5 años de
estudios policiales
académicos en Lima,
Perú, durante los que
junto a mi compañero
--también becario--
Alberto Ramírez
idealizábamos como
in-dispensable para
Nicaragua, la formación
de una verdadera policía
profesional. Alberto
y yo fuimos becarios
privilegiados. Después
de graduados con espléndidas
calificaciones (yo fuí
el No. 2 de mi
Pro-moción), el gobierno
del Perú nos sometió a
una especie de internado
con entrenamiento
práctico, similar al que
hacen los estudiantes de
medicina como parte
indispensable de su
currículum. Fuimos
incorporados a las
Fuerzas Armadas del Perú
con el rango de Alférez
(sub-tenientes) con
privilegios y
responsabilidades
idénticas a los
peruanos, con salario
mensual del gobierno
(por cierto, en el
detalle mensual de mi
paga, aparecía una
deducción llamada
«Impuesto de Soltería»,
porque era un Oficial
Soltero). El objeto era
perfeccionarnos
profesionalmente.
Actuamos como Policías
Urbanos, Policías
Rurales (de caballería),
Policías de Frontera (en
Tacna, Chile, El Ayro,
Bolivia, Tumbes,
Ecuador), Policías de
Investigación (Gabinete
Central de
Identificación en Lima),
recibimos cursos
especiales de
Organización y
Ad-ministración
Policial; y tuvimos el
inmenso privilegio de
asistir como alumnos
oyentes a la Es-cuela
Superior de Guerra, con
Generales, Coroneles y
Diplomáticos de carrera
como compañeros de
estudio. Para la
Escuela de Policía de
Nicaragua, desde un
principio conté con un
millón de Córdobas (de
aquella época), dentro
del presupuesto anual
del Ministerio de
Gobernación y Policía;
más el dinero que para
los 100 «rasos-alumnos»
de la Guardia Nacional
debía figurar para ellos
de acuerdo a los
reglamentos del
ejército, que
significaban C$0.90
centavos por día por
hombre para su vestuario
y C$1.20 diarios por
hombre para su
alimentación, montos que
hoy pueden parecer
mínimos e insuficientes,
pero en 1952 era dinero
valioso y más que
suficiente para esos
rubros. Disponía yo así
de un millón cien mil
Córdobas para un
magnífico funcionamiento
de la Escuela de
Policía. En ese año
--1952-- se iniciaban en
Nicaragua las Agencias
de Publicidad. Contraté
a Publicidad Cuadra
Chamberlain y con ella
diseñé una campaña
publicitaria en todos
los medios de difusión
del país para atraer
aspirantes que quisieran
matricularse, seguir
estudios que durarían un
año y hacer carrera en
el nuevo cuerpo policial
que se estaba fundando
en Nicaragua. El
éxito fue rotundo: se
presentaron 1084
aspirantes y de ellos
hubo 168 jóvenes que
llenaron a plenitud los
exigentes requisitos que
impuse; y como
so-lamente tenía cupo
para 100 alumnos, me dí
el lujo de ponerlos en
fila a todos ellos y
seleccionar a los de
mejor capacidad, más
a-puestos y de buena
estatura. El perfil
personal de mis alumnos
fue igual o mejor que el
perfil personal de la
cadetes de la Academia
Militar. Tenía jóvenes
que ya cursaban el
primer año de
ingeniería, estudiantes
que se habían iniciado
en la universidad, o que
ya estaban graduados de
contadores, etc. etc.
etc. Pero... ese triunfo
personal mío sirvió
también para que se
acrecentara la más
perversa hipocresía y
codicia de los
oficiales-políticos que
pretendían mi cargo.
Al Gral. Somoza García
le llegaron a decir que
«¿Cómo era posible que
un “tenientillo” fuera
el Director de la
Escuela de Policía,
cuando ese cargo le
correspondía a un Mayor
del Ejército, o cuando
menos a un Capitán».
Aspiraban --como era
norma en la Guardia
Nacional-- a «darse
gusto» administrando un
millón de Córdobas. Esto
dió pábulo a que me
implicaran en el intento
de «Golpe de Mano» de
1954, calumniándome
hábilmente, inventando
contra mi «medias
verdades», como que yo
era íntimo amigo del
ex-Teniente Adolfo Báez
Bone; que el ex-Coronel
Manuel Gómez Flores
tenía muy buen concepto
de mi y me elogiaba; que
hacíamos paseos
familiares a los pueblos
de Carazo los Báez Bone
(Adolfo y Luis), Adolfo
Alfaro, etc. etc.,
quienes aparecieron
figurando en primera
línea dentro del
complot. Los
calumniadores
profesionales no iban a
desaprovechar la
oportunidad que les
daban estos sucesos, que
tenían aterrorizados a
los Somoza. Sí. Los
Somoza estuvieron
aterrorizados al figurar
Oficiales y ex-Oficiales
de la calidad del Tnte.
G.N. Guillermo Duarte,
segundo al mando del
Destacamento Militar de
Las Mercedes, que lo
comandaba el Tnte. G.N.
Guillermo Noguera,
cuidadosamente escogidos
porque solamente
recibían órdenes de la
Presidencia de la
República. Este
destacamento controlaba
el aeropuerto
internacional de
Managua, centro clave de
la capital de la
República. Los Somoza
tenían razón para
sospechar lo peor: una
gran conspiración del
ejército y por eso todo
chisme y todo cuento
tenía valor, mereciendo
una rápida acción como
respuesta. La
historia demostró que
los sangrientos sucesos
del 4 de Abril tuvieron
una ramificación
extranacional y su fase
política-militar comenzó
en 1954 y concluyó con
el magnicidio cometido
en la persona del Gral.
Somoza García en
Septiembre de 1956.
El 5 de Abril de 1954,
aproximadamente a las
11:00 de la noche,
cuando yo estaba
laborando un Plan de
Defensa para la Academia
Militar, cumpliendo
órdenes del Cnel.
Humberto González, éste
recibió una orden de
Casa Presidencial para
que yo me presentara
inmediatamente ante el
Jefe de la Policía en el
Cuartel de El
Hormiguero. Junto
conmigo fue también
--cumpliendo órdenes--
el Tnte. G.N. Jorge
Are-llano. Me
presenté ante el Captn.
G.N. Gustavo Montiel,
saludándole
militarmente. Cuando me
vió exclamó: --«¿Ya te
lo dije-ron? ¡Estás
detenido! ¡Dame tu
arma!» Los ojos de
Jorge Arellano casi se
salen de sus cuencas;
pare-cían los ojos de un
cangrejo asustado.
Montiel le dijo:
--«¡Usted, devuélvase a
su cuartel!»…
Continuará
En la próxima
edición de La Estrella
de Nicaragua continuará
este reportaje y
testimonio histórico del
ex-Tnte. G.N. Jorge A.
Cárdenas continuando el
relato exclusivo, con
las acciones militares
de estos sucesos, los
combates en los
cafetales de Carazo, las
capturas, las torturas,
las confesiones y las
ejecuciones de los
prisioneros. |