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Por: Silvio
Avilez
silvi@avilez.cl |
El Museo de la Contra
Memoria
La
memoria es esa
maravillosa facultad que
nos permite almacenar
recuerdos y vivencias de
tiempos pasados, pero
sobre todo,
retrotraerlos al momento
presente para que
podamos recordar y
re-vivir lo que está
guardado en nuestra
mente. Es una especie de
súper computador, con la
diferencia que a éste
hay que ingresarle una
clave secreta y darle
instrucciones precisas
para que pueda ubicar el
lugar donde se archiva
la información. Nuestra
memoria, en cambio, es
amigable (“user-friendly”)
y prodigiosa: no
requiere la compra de
programas especiales ni
de costosas
instalaciones. Per-dura
gratuitamente hasta que
el paso de los años y la
senilidad van
desvaneciendo
remembranzas, nombres e
inclusive rostros, y
ter-mina cuando llega el
aciago momento en que
nuestra mente queda
totalmente virgen de
todo rastro vivencial.
El ser humano
utiliza la memoria no
sólo para recordar, sino
también para aprender de
experiencias pasadas a
fin de no repetir
errores y
equivocaciones. Pero al
parecer, algunos tienen
la memoria un poco
frágil o demasiado
corta, ya que a
diferencia de los
animales inferiores —que
nunca tropiezan dos
veces con la misma
piedra— el hombre comete
continuamente los mismos
errores del pasado. De
poco sirve plasmar la
información en textos o
monumentos para recordar
aquello que no se vivió
o experimentó
personalmente en su
momento. Una y otra vez
el llamado “homo
sapiens”, como si fuera
irracional, vuelve a
tropezar y a equivocarse
y no encuentra mejor
argumento que echarle la
culpa a otros…
Pensando justamente en
perpetuar para la
posteridad recuerdos de
acontecimientos
dolorosos para la
humanidad, algunos han
tomado la iniciativa de
construir lo que se ha
dado en llamar “el museo
de la memoria”, que en
sí tiene el mérito de
suplir las falencias y
debilidades de la mente
humana y conservar para
la historia hechos que
deben recordarse siempre
para que no volvamos a
cometer las mis-mas
torpezas.
Esta
iniciativa no tendría
nada de censurable
siempre que se
con-signara TODA la
verdad de los hechos
denunciados. Pero como
en toda empresa humana
—y especialmente en el
ámbito político—, el
interés personal
predomina por sobre la
verdad objetiva. De modo
que el citado “museo de
la memoria” expone
selectiva y
sesgada-mente los
acontecimientos que sus
autores desean perpetuar
para las generaciones
venideras, de manera que
cumpla el doble
propósito de exponer el
lado oscuro de
determinado régimen y al
mismo tiempo exhortar a
que nunca se repitan
esas situaciones
trágicas, lo que muchos
resumen en un lapidario
“ni perdón ni olvido”.
Si esto es así, ¿de qué
vale entonces exhortar a
la reconciliación para
restañar heridas
dolorosas y hacer
posible el entendimiento
entre una población
desgarrada por odios y
rencores?
Las
atrocidades que comete
el hombre no tienen
color ni bando. Tan
brutales fueron la
persecución y el
exterminio del pueblo
judío, realizados por el
demente Adolf Hitler y
su Reich de los Mil
Años, como los abusos y
crímenes inhumanos
cometidos por el
dictador comunista Yosif
Stalin contra quienes se
oponían a los atropellos
del marxismo en Europa y
otros países. El
holocausto es tan
abominable como los
horrores del marxismo
descritos por Pasternak
en el Archipiélago de
Gulag. Las dictaduras de
Pérez Jiménez, Trujillo,
Du-valier, Rojas
Pinilla, Batista, Perón,
Stroessner y otros
exponentes de regímenes
derechistas no tienen
nada que envidiar al
totalitarismo de Lenin,
Ceaucescu, Nagy, Gomulka,
Honecker, Castro,
Chávez, Ortega y otros
abanderados de la
izquierda carnívora.
En Chile acaba de
inaugurarse con gran
pompa, en vísperas del
cambio de gobierno, un
museo de la memoria,
donde se exponen los
atropellos y las
violaciones a los
derechos humanos
cometidos durante la
dictadura de Augusto
Pinochet (1973-1990). En
enormes paneles,
profusamente ilustrados,
queda al descubierto el
sufrimiento de miles de
personas que padecieron
torturas,
encarcelamiento, exilio
y hasta muerte a manos
del régimen militar.
Nada ni nadie puede
justificar los hechos
denunciados, pero está
claro que el material
expuesto sólo constituye
parte de la verdadera
historia. El régimen
izquierdista de Salvador
Allende (1970-1973)
tampoco estuvo limpio de
actuaciones condenables.
Las autoridades
socialistas también
incurrieron en
violaciones y abusos
contra quienes se
oponían a las
arbitrariedades de la
Unidad Popular, al punto
que el Congreso Nacional
denunció oportunamente
al Presidente Allende
por violaciones
flagrantes a la
Constitución y llamó al
desconocimiento de su
legitimidad. Se cuentan
por miles quienes
padecieron persecución y
muerte por oponerse al
proyecto marxista que
buscaba hacer de Chile
una cabeza de playa del
comunismo soviético en
América del Sur, como lo
demostró la aventura
insurreccional del Che
Guevara, que terminó con
su muerte en 1967 a
manos de militares
bolivianos.
Así
como en los litigios o
diferendos
internacionales cada una
de las partes somete al
tribunal primero una
memoria y luego una
contra memoria para
rebatir o refutar los
hechos o argumentos de
la contraparte, cabe
esperar que el gobierno
del nuevo presidente
electo de Chile tome la
iniciativa de construir
un “museo de la contra
memoria”, donde se
expongan las denuncias
de los hechos
condenables cometidos
durante el régimen
allendista, para que el
tribunal de la opinión
pública pueda conocer el
lado oculto de lo
sucedido en el lapso de
1970 a 1973 y saque sus
propias conclusiones con
objetividad e
imparcialidad.
La
historia del ser humano,
lejos de ser
monocromática o
maniquea, presenta
matices que van del
negro profundo al blanco
deslumbrante, pasando
por una amplia gama de
tonalidades de gris, más
acorde con la realidad
del hombre. Si el
flamante museo de la
memoria ha de servir
para algo, debería
reflejar lo más
fielmente posible
determinado período de
la historia de un pueblo
como el chileno, que
está actualmente
empeñado en construir un
futuro esperanzador para
las nuevas generaciones.
No todo habrá de ser
aurora para unos y
tiniebla para otros.
Ambas forman parte de lo
que denominamos día.
Ciento
Cuarenta Gramos
Jorge
J. Cuadra
macondoc@cablenet.com.ni |
Hace unos años se exhibió una película
llamada, VEINTIÚN GRAMOS, la cual se desarrollaba en un ambiente
de dramas humanos. Al principio uno cree que los veintiún gramos
tienen que ver con alguna droga, pero al fin, cuando uno de los
protagonistas está muriendo debido a sus excesos con las drogas,
dice que el cuerpo humano pierde 21 gramos de peso en el
instante en que uno muere y no da más explicaciones porque en
ese momento expira. A mi solo se me ocurre que ese es el peso
corporal del espíritu cargado con nuestras culpas que se las
lleva para ser perdonadas por Dios, dejándonos tal y como
venimos al mundo, limpio de pecado. De alguna manera la
liberación de lo que nos hace a imagen y semejanza de Dios,
adquiere un peso que se hace sentir cuando este parte al lugar
de donde vino. De lo que hablaba era de una película, de la
imaginación de un escritor y de la mía que siempre le busca una
explicación a todo. Pero cuando hablo de CIENTO CUARENTA GRAMOS,
estoy hablando de la realidad, de la película de horror que le
ha tocado vivir a un matrimonio que sufre la agonía del
cautiverio por un exceso de justicia, el cual es una prueba más
de la injusticia que reina en este país. En una de esas
redadas patéticas que acostumbra hacer la policía en los barrios
de la capital, le encontraron ciento cuarenta gramos de cocaína
a un matrimonio. Los capturaron, los juzgaron y los
sentenciaron. Hasta allí todo está bien. Lo que no está bien es
la magnitud de la sentencia: Diez años para él y seis para ella
y todo por 140 gramitos, como diría la recordada Vice Contralor,
Claudia Frixione. Cuando vemos como liberan a los grandes capos
de la droga en Chinandega y antes en Tipitapa; cuando vemos como
los encargados de impartir justicia se apoderan descaradamente
de los miles de dólares incautados a los narcotraficantes y se
pierden en un solo viaje al banco, solo nos queda decir que
“algo huele mal en Dinamarca.” Para hacer más dolorosa, pero a
la vez más reveladora la corrupción de los encargados de la
justicia, el caso del matrimonio encarcelado y sentenciado a
diez él y a seis años ella, había sido perdonado pero anularon
el perdón para cubrir las apariencias puesto que el poder
judicial estaba bajo fuego nutrido por las liberaciones de los
capos de los cárteles y al matrimonio encarcelado le tocó cubrir
esas apariencias al ser anulado su perdón, otra prueba más de lo
viciado que está la justicia que se convierte en injusticia.
Hablando, comprando, rogando y no se sabe cuantas cosas más, los
que estaban empeñados en liberar al matrimonio lo lograron, pero
fue un sueño efímero que ni siquiera vio la luz del sol. Esa
sentencia descabellada no existe en Estados Unidos, cuyo
gobierno vive en guerra con los países productores de la droga y
no tiene el mismo ahínco con los que la distribuyen dentro de
sus fronteras, en donde la cantidad de droga incautada está
directamente ligada con la sentencia dictada. Por 4 kilos de
cocaína y sin antecedentes criminales, una persona es condenada
a cuatro años de prisión y aquí en Nicaragua, el país más
corrupto de la región, por un poco más de una décima parte de un
kilo, le dan una sentencia de diez años. No se lo que quieren
probar con esos excesos, porque justicia no es y lo que queda es
pensar que en Nicaragua no hay justicia para los débiles, para
los que no tienen fortuna ni padrinos poderosos y para los que
no estamos de acuerdo con lo que está haciendo este gobierno,
que como decía Eliseo Núñez hijo, es una maldición para
Nicaragua. Este caso es material para una película en la que
se demostraría la injusticia de los hombres, a como se demuestra
en la inmortal novela de Víctor Hugo, Los Miserables, en donde
condenan a un hombre a 20 años de prisión por haberse robado una
pieza de pan. 21 Gramos nos muestra el grado de miseria al
que puede llegar el ser humano víctima de los excesos de la
droga y 140 Gramos demostraría la incapacidad de los encargados
de administrar justicia en Nicaragua.
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