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       Año XVI, Edición 404           Fundada el 1 de Mayo de 1986        12 páginas         Miami-Dade, FL, Noviembre,  2009
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El Museo de la Contra Memoria: La memoria es esa maravillosa facultad que nos permite almace-nar recuerdos y vivencias de tiem-pos pasados, pero sobre todo, .Continuar   Ciento Cuarenta Gramos:  Hace unos años se exhibió una película llamada, VEINTIÚN GRAMOS, la cual se desarrollaba en un ambiente de dramas humanos. Al principio uno cree que los veintiún gramos tienen que ver con alguna droga, pero al fin Continuar


 

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Por:
Silvio Avilez
silvi@avilez.cl

El Museo de la Contra Memoria

 

La memoria es esa maravillosa facultad que nos permite almacenar recuerdos y vivencias de tiempos pasados, pero sobre todo, retrotraerlos al momento presente para que podamos recordar y re-vivir lo que está guardado en nuestra mente. Es una especie de súper computador, con la diferencia que a éste hay que ingresarle una clave secreta y darle instrucciones precisas para que pueda ubicar el lugar donde se archiva la información. Nuestra memoria, en cambio, es amigable (“user-friendly”) y prodigiosa: no requiere la compra de programas especiales ni de costosas instalaciones. Per-dura gratuitamente hasta que el paso de los años y la senilidad van desvaneciendo remembranzas, nombres e inclusive rostros, y ter-mina cuando llega el aciago momento en que nuestra mente queda totalmente virgen de todo rastro vivencial.

El ser humano utiliza la memoria no sólo para recordar, sino también para aprender de experiencias pasadas a fin de no repetir errores y equivocaciones. Pero al parecer, algunos tienen la memoria un poco frágil o demasiado corta, ya que a diferencia de los animales inferiores —que nunca tropiezan dos veces con la misma piedra— el hombre comete continuamente los mismos errores del pasado. De poco sirve plasmar la información en textos o monumentos para recordar aquello que no se vivió o experimentó personalmente en su momento. Una y otra vez el llamado “homo sapiens”, como si fuera irracional, vuelve a tropezar y a equivocarse y no encuentra mejor argumento que echarle la culpa a otros…

Pensando justamente en perpetuar para la posteridad recuerdos de acontecimientos dolorosos para la humanidad, algunos han tomado la iniciativa de construir lo que se ha dado en llamar “el museo de la memoria”, que en sí tiene el mérito de suplir las falencias y debilidades de la mente humana y conservar para la historia hechos que deben recordarse siempre para que no volvamos a cometer las mis-mas torpezas.

Esta iniciativa no tendría nada de censurable siempre que se con-signara TODA la verdad de los hechos denunciados. Pero como en toda empresa humana —y especialmente en el ámbito político—, el interés personal predomina por sobre la verdad objetiva. De modo que el citado “museo de la memoria” expone selectiva y sesgada-mente los acontecimientos que sus autores desean perpetuar para las generaciones venideras, de manera que cumpla el doble propósito de exponer el lado oscuro de determinado régimen y al mismo tiempo exhortar a que nunca se repitan esas situaciones trágicas, lo que muchos resumen en un lapidario “ni perdón ni olvido”. Si esto es así, ¿de qué vale entonces exhortar a la reconciliación para restañar heridas dolorosas y hacer posible el entendimiento entre una población desgarrada por odios y rencores?

Las atrocidades que comete el hombre no tienen color ni bando. Tan brutales fueron la persecución y el exterminio del pueblo judío, realizados por el demente Adolf Hitler y su Reich de los Mil Años, como los abusos y crímenes inhumanos cometidos por el dictador comunista Yosif Stalin contra quienes se oponían a los atropellos del marxismo en Europa y otros países. El holocausto es tan abominable como los horrores del marxismo descritos por Pasternak en el Archipiélago de Gulag. Las dictaduras de Pérez Jiménez, Trujillo, Du-valier, Rojas Pinilla, Batista, Perón, Stroessner y otros exponentes de regímenes derechistas no tienen nada que envidiar al totalitarismo de Lenin, Ceaucescu, Nagy, Gomulka, Honecker, Castro, Chávez, Ortega y otros abanderados de la izquierda carnívora.

En Chile acaba de inaugurarse con gran pompa, en vísperas del cambio de gobierno, un museo de la memoria, donde se exponen los atropellos y las violaciones a los derechos humanos cometidos durante la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990). En enormes paneles, profusamente ilustrados, queda al descubierto el sufrimiento de miles de personas que padecieron torturas, encarcelamiento, exilio y hasta muerte a manos del régimen militar.

Nada ni nadie puede justificar los hechos denunciados, pero está claro que el material expuesto sólo constituye parte de la verdadera historia. El régimen izquierdista de Salvador Allende (1970-1973) tampoco estuvo limpio de actuaciones condenables. Las autoridades socialistas también incurrieron en violaciones y abusos contra quienes se oponían a las arbitrariedades de la Unidad Popular, al punto que el Congreso Nacional denunció oportunamente al Presidente Allende por violaciones flagrantes a la Constitución y llamó al desconocimiento de su legitimidad. Se cuentan por miles quienes padecieron persecución y muerte por oponerse al proyecto marxista que buscaba hacer de Chile una cabeza de playa del comunismo soviético en América del Sur, como lo demostró la aventura insurreccional del Che Guevara, que terminó con su muerte en 1967 a manos de militares bolivianos.

Así como en los litigios o diferendos internacionales cada una de las partes somete al tribunal primero una memoria y luego una contra memoria para rebatir o refutar los hechos o argumentos de la contraparte, cabe esperar que el gobierno del nuevo presidente electo de Chile tome la iniciativa de construir un “museo de la contra memoria”, donde se expongan las denuncias de los hechos condenables cometidos durante el régimen allendista, para que el tribunal de la opinión pública pueda conocer el lado oculto de lo sucedido en el lapso de 1970 a 1973 y saque sus propias conclusiones con objetividad e imparcialidad.

La historia del ser humano, lejos de ser monocromática o maniquea, presenta matices que van del negro profundo al blanco deslumbrante, pasando por una amplia gama de tonalidades de gris, más acorde con la realidad del hombre. Si el flamante museo de la memoria ha de servir para algo, debería reflejar lo más fielmente posible determinado período de la historia de un pueblo como el chileno, que está actualmente empeñado en construir un futuro esperanzador para las nuevas generaciones. No todo habrá de ser aurora para unos y tiniebla para otros. Ambas forman parte de lo que denominamos día.



Ciento Cuarenta Gramos


 Jorge J. Cuadra
macondoc@cablenet.com.ni
  Hace unos años se exhibió una película llamada, VEINTIÚN GRAMOS, la cual se desarrollaba en un ambiente de dramas humanos. Al principio uno cree que los veintiún gramos tienen que ver con alguna droga, pero al fin, cuando uno de los protagonistas está muriendo debido a sus excesos con las drogas, dice que el cuerpo humano pierde 21 gramos de peso en el instante en que uno muere y no da más explicaciones porque en ese momento expira. A mi solo se me ocurre que ese es el peso corporal del espíritu cargado con nuestras culpas que se las lleva para ser perdonadas por Dios, dejándonos tal y como venimos al mundo, limpio de pecado. De alguna manera la liberación de lo que nos hace a imagen y semejanza de Dios, adquiere un peso que se hace sentir cuando este parte al lugar de donde vino.
De lo que hablaba era de una película, de la imaginación de un escritor y de la mía que siempre le busca una explicación a todo. Pero cuando hablo de CIENTO CUARENTA GRAMOS, estoy hablando de la realidad, de la película de horror que le ha tocado vivir a un matrimonio que sufre la agonía del cautiverio por un exceso de justicia, el cual es una prueba más de la injusticia que reina en este país.
En una de esas redadas patéticas que acostumbra hacer la policía en los barrios de la capital, le encontraron ciento cuarenta gramos de cocaína a un matrimonio. Los capturaron, los juzgaron y los sentenciaron. Hasta allí todo está bien. Lo que no está bien es la magnitud de la sentencia: Diez años para él y seis para ella y todo por 140 gramitos, como diría la recordada Vice Contralor, Claudia Frixione. Cuando vemos como liberan a los grandes capos de la droga en Chinandega y antes en Tipitapa; cuando vemos como los encargados de impartir justicia se apoderan descaradamente de los miles de dólares incautados a los narcotraficantes y se pierden en un solo viaje al banco, solo nos queda decir que “algo huele mal en Dinamarca.” Para hacer más dolorosa, pero a la vez más reveladora la corrupción de los encargados de la justicia, el caso del matrimonio encarcelado y sentenciado a diez él y a seis años ella, había sido perdonado pero anularon el perdón para cubrir las apariencias puesto que el poder judicial estaba bajo fuego nutrido por las liberaciones de los capos de los cárteles y al matrimonio encarcelado le tocó cubrir esas apariencias al ser anulado su perdón, otra prueba más de lo viciado que está la justicia que se convierte en injusticia. Hablando, comprando, rogando y no se sabe cuantas cosas más, los que estaban empeñados en liberar al matrimonio lo lograron, pero fue un sueño efímero que ni siquiera vio la luz del sol.
Esa sentencia descabellada no existe en Estados Unidos, cuyo gobierno vive en guerra con los países productores de la droga y no tiene el mismo ahínco con los que la distribuyen dentro de sus fronteras, en donde la cantidad de droga incautada está directamente ligada con la sentencia dictada. Por 4 kilos de cocaína y sin antecedentes criminales, una persona es condenada a cuatro años de prisión y aquí en Nicaragua, el país más corrupto de la región, por un poco más de una décima parte de un kilo, le dan una sentencia de diez años. No se lo que quieren probar con esos excesos, porque justicia no es y lo que queda es pensar que en Nicaragua no hay justicia para los débiles, para los que no tienen fortuna ni padrinos poderosos y para los que no estamos de acuerdo con lo que está haciendo este gobierno, que como decía Eliseo Núñez hijo, es una maldición para Nicaragua.
Este caso es material para una película en la que se demostraría la injusticia de los hombres, a como se demuestra en la inmortal novela de Víctor Hugo, Los Miserables, en donde condenan a un hombre a 20 años de prisión por haberse robado una pieza de pan.
21 Gramos nos muestra el grado de miseria al que puede llegar el ser humano víctima de los excesos de la droga y 140 Gramos demostraría la incapacidad de los encargados de administrar justicia en Nicaragua.

 

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